Si es necesario, bota el zapato.

¿Quién no ha tenido que sufrir una piedrecita en el zapato? Generalmente son un poco mayores que un grano de arena pero se sienten como si fueran las pirámides de Egipto, ahí es cuando lo subjetivo de las compariciones cobra realidad. Si tenemos modo de hacerlo solo la sacaremos, pero hay unas piedras que parecen tener vida propia, se atascan en la plantilla o el bordecito de la etiqueta de la bota y  al ponernos nuevamente el zapato reaparecen; se ríen de nosotros, unas piedras están hechas de roca, arena, tierra, amargura, falta de estima, tristeza aguda, envidia y dolor, entre otras materias primas. Lo grave con estas últimas es que para ellas nunca servirá sacudir el zapato, habrá que sacudir el alma. Generalmente estas piedras forman heridas que se hacen llagas y perforan las relaciones de todo tipo; en el caso de las parejas pueden matar una relación.

Si, mi inseguridad puede matar la alegría de mi pareja, mi soberbia, puede matar el amor tranquilo, mi irresponsabilidad puede hundir la barca que construimos para que remáramos juntos. Pero ¿Cómo se saca una piedra del zapato? Si es necesario botemos el zapato, ese que nos da posición, ese que nos define, ese sobre el cual sustentamos toda la vida… Hay que matar el zapato para no matar al caminante. Seamos valientes y capaces de tumbar muchas de nuestras “verdades” no hay otra forma de cambiar, tendremos que confrontarnos con nuestras posiciones acostumbradas para ver lo incómodas que han sido; tal vez confundimos cotidianidad con comodidad. Sacar la piedra del zapato dará al fin alivio y traerá libertad en los oscuros rincones de nuestras mentiras.

Hagámonos un favor; si no podemos encontrar la piedra, botemos el zapato, andar descalzo es una muy buena opción para aprender a caminar nuevamente.

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