Me he puesto a pensar en la descripción de mi mundo ideal. No es una tarea fácil visto que algunas veces puedo confundir lo ideal con lo real. Si lo comparo con la realidad debo hacer un alto y preguntarme qué de mi mundo es idealizado. Puedo querer muchas cosas que podría tratar de proyectar pero no son verdad. Por ejemplo sé que puedo hacer algunos trucos en retoque fotográfico para verme como me he idealizado.  Pero la verdad es que soy como soy y el trabajo es aceptar aquello que no puedo cambiar aprendiendo que estoy en proceso y que tal vez este nunca termina. Algunos de nosotros podemos negar muchas verdades, enmascarar nuestra realidad para que no estorbe en nuestro mundo idealizado, en ese proceso de negación nos ponemos una venda para ver el matrimonio perfecto en lugar de encarar los problemas de fondo, los hijos idealizados en lugar de entender que hay áreas de su vida donde deben ser guiados y tal vez nosotros mismos debemos replantear nuestra relación con ellos para dejar de ver su proyección idealizada y amarlos justo como son. Así pasa con el trabajo, los sueños, las amistades. Aquello que afecta todas las otras áreas de la vida y negamos con unos anteojos que distorsionan nuestra realidad para que sea un reflejo de lo que queremos ver pero no es. Evitamos vernos por detrás para conservar la pose perfecta. Preferimos cuidar el matrimonio callando actitudes que sabemos muy en lo profundo que pueden  explotar por dentro y por fuera de situaciones insostenibles. Todos escuchamos historias de personas antiguas que para cuidar las apariencias callaban infidelidad, maltrato, soledad, indiferencia y abandono. Ahora decimos a voz en cuello que eso cambio, pero para algunos vivir en el reflejo idealizado sigue siendo una cárcel de dolor.

Cuánto estamos dispuestos a pagar para cuidar el mundo ideal? 

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