Nos encanta hacer planes, de hecho dejamos muchas cosas de lado porque a largo o mediano plazo están las metas: Tener, alcanzar, poder, aprender, celebrar.  Es parte de nuestra vida, proyectarnos es fundamental, le da sentido y norte a nuestra acciones, las pequeñas y las grandes.

La cotidianidad también tiene muchos ahora; tiene pequeñas decisiones; formas de contestar, instantes para llevar café y galletas; abrazar y recordar a los demás cuanto los queremos. El tiempo que queda, nadie lo sabe, pero hay planes de un segundo que determinan nuestro día a día, son los difíciles los de la actitud que ata o desata las relaciones con todo y todos: Limpio o no limpio, sonrío o no, contesto amablemente o no, cepillo al perro o no. El tiempo que nos queda será para ver algunos grandes planes realizados y otros no, pero lo que quedará al final será una memoria del día a día, de las palabra de aliento, de la amabilidad, de la actitud frente a los instantes simples y complejos de la vida.  Cuando recordamos a las personas que amamos y ya no están, curiosamente recordamos la canción que silbaba, el plato que le gustaba preparar y todo lo que hacía para que nos sintiéramos amados o no.  Extrañamente no tenemos la sensación de que esos actos le costaran un gran trabajo, salían a borbotones de su corazón y quedaron grabados en los nuestros para bien o para mal. Qué huella vamos a dejar en el tiempo que queda?

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